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La Maldad de los Espejos Platónicos

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  La Maldad de los Espejos Platónicos “Ahora que si me prestas atención, en lugar de hablar tanto, gatito   te contaré todas mis ideas sobre la casa del espejo   Primero, ahí está el cuarto que se ve al otro lado del espejo   y que es completamente igual a nuestro salón   sólo que con todas las cosas dispuestas a la inversa...”   (Lewis Carroll, Alicia a través del espejo) "al igual que la cópula, el espejo multiplica   a las personas innecesariamente."   (Jorge Luis Borges) A Platón no le gustan los espejos; es más, como buen griego debe sentir cierta aversión de género por dicho objeto, pues los espejos, aún en la antigua Grecia, eran de uso casi exclusivo para las mujeres. El espejo es un objeto de cosmética, de belleza femenina; difícil obtener de él algún tipo de conocimiento verdadero . Los espejos son malos  porque nos muestran simples apariencias, la cosa como aparece  ante ellos y no como en realidad es y aparece  ante nosotros. Platón sospecha al igual que Alicia que en la casa del espejo hay algo que no podemos saber, algo que nos quieren hacer creer. “Tengo tantas ganas de saber si también ahí encienden el fuego en el invierno... en realidad, nosotros, desde aquí, nunca podremos saberlo, salvo cuando nuestro fuego empieza a humear, porque entonces también sale humo del otro lado, en ese cuarto... pero eso puede ser sólo un engaño para hacernos creer que también ellos tienen un fuego encendido ahí.”  (CARROL 2002:3). Los del otro lado imitan. La mimesis está en los espejos que, no sólo nos muestran fantasmas sino que hacen que la izquierda sea derecha y la derecha izquierda: un mundo invertido en el cual la verdad es mentira y la mentira verdad. A Platón, más que importarle el hecho de que en los lienzos y en el papel nos encontremos con meros fantasmas, le preocupa es que esos fantasmas sean usados para validar una verdad   que no es verdadera sino que es la verdad   del artista, que podrá “[…] engañar a niños y hombres necios con la ilusión de que es un carpintero de verdad” (598c).  La mimesis para Platón no es más que un reflejo  producido por el artista. El artista es el espejo que nos muestra una imagen maquillada, una imagen que está ocultándonos algo y a la vez haciéndonos creer otro algo. El arte imitativo es arte cosmético pues “[…] el poeta no sabe más que imitar, pero, valiéndose de nombres y locuciones, aplica unos ciertos colores tomados de cada una de las artes […]”  (601a); arte de reflejos   que “[…] erige como gobernante lo que debería ser gobernado a fin de que fuésemos mejores y más dichosos, no peores y más desdichados” (606d). Desdichados porque después del encanto del goce el maquillaje se corre y un rostro viejo y arrugado es lo único que queda de la otrora esbeltez; peores porque hemos invertido el sentido natural de las cosas. Esta desdicha  y este  ser peores muestran que para el filósofo griego la imagen reflejada y lo que se refleja van unidos, diferenciados por una degradación de la primera con respecto a la segunda.  Confundir la apariencia con la realidad y sentir que se está ante la imposibilidad de romper cualquier tipo de unión entre ellas, es algo muy parecido al mito de Narciso. En dicho mito, según el análisis de Francoise Frontisi-Ducroux, que se contrapone al convencional análisis psicoanalítico, el problema de Narciso consiste en darse cuenta de que él y su amor son el mismo, no en la excesiva complacencia consigo mismo. Narciso muere al mirarse en el espejo de las aguas, muere por ignorante de sí mismo; y es contra este tipo de muerte que Platón quiere salvarnos al evitar entrar en su ciudad a los artistas, que son malos espejos de la realidad. Espejos, mujeres, mimesis, artistas… todo esto se mezcla en la concepción que Platón tiene del arte imitativo formando una unidad cuyas características son su vileza e ignorancia. La mujer es ignorante y engendra vileza al maquillarse para parecer más hermosa, igual ocurre con el poeta, es un ignorante que “[…] no sabe nada que valga la pena acerca de las cosas que imita […]” (602b) y que engendra, gracias a su arte imitativo “[…] cosa vil y ayuntada a cosa vil […]” (603b). Como elemento común entre la mujer y el artista, como unión de dos acciones que sólo podrían juntarse por analogía (maquillarse y hacer poesía), nos encontramos con el espejo, con la mimesis. Siendo esta última no más que el concepto filosófico que parte del metal pulido; porque es gracias al espejo que la mujer descubre sus defectos para luego corregirlos, y es por la mimesis que el artista plasma un instante de realidad en su obra., un instante que no es mero reflejo de realidad, sino que como un rostro maquillado, es una realidad nueva, una realidad que, sin dudarlo ni siquiera un instante, es opuesta a la realidad verdadera  platónica. Problema platónico, en todas las dimensiones  posibles del término, surge cuando la mujer quiere ser sólo un rostro maquillado, cuando la realidad del amor nace de un peinado y de unos ojos hermosamente delineados y se exige que dicha realidad se mantenga cuando el viento sopla despeinando o cuando el agua corre las sombras. Igual resultaría a saltar por la ventana después de haber visto Superman o ir a guardar bien los relojes para que no se derritan como en el cuadro de Dalí. Cambiar de mundos significa cambiar de realidades y de verdades, y así como la infantil heroína citada al principio no dudó en que para encogerse como un telescopio sólo necesitaba saber cómo empezar (CARROL 1999:6), así deberíamos olvidar por momentos a Platón y su verdad   y  buscar cada momento un nuevo comenzar. Platón nunca se hubiera atrevido, como Alicia, a cruzar el espejo, al contrario, hubiera construido un muro alrededor de él para que los reflejos no se escaparan; no por cobardía,  pues su alma no es perversa (609b) sino por su búsqueda incansable de la verdad  . Le habría bastado con suponer que la leche que está en el plato no es buena (CARROL 2002:3), para juzgar del mismo modo todo lo demás. De la misma forma tampoco se habría atrevido a asomarse a la orilla de un río para contemplar su reflejo, pues ya desde antes de él algo malo se presentía venir de allí. Reza una sentencia pitagórica que "no hay que mirarse la cara ni lavarse en el agua de un río", y aunque no se explique por qué, con la ayuda de Platón bien podríamos argumentar que nos podríamos engañar ahogándonos como buenos narcisos. El poeta querrá, además de engañarnos con reflejos, despertar en los espectadores los sentimientos más femeninos que puedan albergar. Y aunque para el filósofo griego la mujer es capaz de gobernar un estado, no creo que dicha concesión debiera alegrar mucho a las féminas pues para hacerlo, sin duda, tendrían que olvidarse definitivamente de los espejos;  y una mujer sin un espejo no es una mujer. Sólo mujeres sin espejos podrán gobernar en la ciudad platónica, porque los espejos son la raíz de esa maldad ignorante y atrevida que él quiere desterrar. El artista es malo en cuanto es artista imitador, artista que deviene espejo y que nos quiere hacer devenir mujer; y no contento con poner lo de arriba abajo, los artistas multiplican ad infinitum los objetos de la realidad creando múltiples mundos de reflejos que, como la luna, siempre estarán ocultándonos una cara. Lo oculto da luz en las sombras al engaño y el engaño es principio de toda corrupción; y esto no le gusta para nada a Platón ya que no  puede haber nada escondido, pues el ser no se esconde, contrario a la apariencia que no es más que un ídolo haciéndose pasar por dios en los terrenos de la ignorancia. Además, esa multiplicidad que nace del arte se convierte en un peligro para el filósofo de Platón pues vuelve infinitas las posibilidades, mientras que para él todo, o es verdad o es mentira, o es  bueno o es malo, u hombre o mujer, o es imagen o es realidad, y no hay duda que para él, en su dialéctica, los espejos en cuanto los usan preferiblemente las mujeres, y muestran imágenes que son mentira tienen que ser malos. BIBLIOGRAFIA  - PLATÓN.  La República .  Libro X.  Alianza Editorial. Madrid. 1998 - CARROL, Lewis.  Alicia a través del espejo.  Edición digital. www.Artnovela.com - CARROL, Lewis.  Alicia en el país de las maravillas . Edición digital. www.ElAleph.com
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